Si supieras cómo me siento ahora, entenderías muchas cosas.
Entenderías que no es un simple sentimiento, sino que es algo mucho más fuerte.
Entenderías que te quiero.
Entenderías que te respeto.
Entenderías que lo último que quiero es molestarte.
Entenderías que ya pasó de ser un juego, que para mí esto es mucho más importante.
Entenderías que me importás mucho. Me importás.
Entenderías que me hacés feliz.
Entederías que no tenés por qué sentirte perseguido, porque esto no es una persecución. Ni yo tu persecuta.
Entenderías que aunque estaría a tu lado todo el tiempo, sé que te molesta y me contengo.
Entenderías que me alegro sólo con verte.
Entenderías que pienso en vos como un ser humano, como una persona normal, que ríe y llora, que tiene sus tiempos y necesidades.
Entenderías que trato de ver cómo te sentís y de entenderte.
Entenderías que me importa toda tu vida.
Entenderías que te necesito.
Entenderías que te amo.
Entenderias.
Sí, va para ése terco al que necesito con todo mi corazón. Que no puede ver que puedo ser madura y comportarme, que no soy una nenita estúpida, aunque a veces me haga sentir así. Quiero que sepa que me tiene harta de lo ciego que es, porque se piensa que soy como todas las otras y no. NO! No soy como ellas! Ellas te piensan como un muñeco con el cual sepuede jugar. Yo tengo en cuenta todo lo que te pasa (o lo poco que sé de vos).
Te quiero imbécil.
jueves, 5 de febrero de 2009
sábado, 31 de enero de 2009
Por tu propio bien - Capítulo 1
Antes de empezar a contar la historia quiero decirles que esta es la historia de mi vida ahora, un poco real, un poco inventada.
CAPÍTULO 1
Ágil, una sombra femenina caminaba por una oscura y angosta calle. Al llegar a la esquina, una luz la alumbró. Era una joven alta y esbelta, de movimientos elegantes y agradables. Su pelo, marrón oscuro, caía como una cascada sobre sus hombros. Su vestimenta, un jean celeste y una remera ajustada de múltiples colores y formas, acentuaban su flaqueza y daba la impresión de ser pura brazos y piernas.
Caminaba despreocupada, protegiéndose del frío nocturno con sus brazos. Los recuerdos de aquella noche la divertían y se sonreía. Había sido una gran fiesta de despedida, pero eso también implicaba la tristeza propia de la separación.
Sacudió la cabeza bruscamente, como si quisiera que los tristes pensamientos resbalaran por su pelo y cayeran. Siguió caminando, ya sólo faltaban dos cuadras para llegar a la avenida, donde podría tomar un taxi.
- ¡Miranda!
Frenó cuando la voz gritó su nombre en medio del silencio de la noche. Ésa voz.
- ¡Miran, esperame!
Se oyeron pasos en la calle. Ella se volvió. Por la verdea desierta venía trotando un joven de unos 25 años, alto y delgado. Tenía el pelo marrón revuelto y despeinado. Cuando llegó a donde estaba Miranda, la luz lo descubrió por completo. Tenía ojos marrón claro, su sonrisa mostraba una ilera de dientes blancos y perfectos, y unos labios rojos y carnosos que los rodeaban. Su cara estaba cuidadosamente afeitada, pero aún así se veía un comienzo mínimo de barba. Pero ella sabía que iba a desaparecer.
- ¿Gonzalo? ¿Qué hacés aca? ¿Y los invitados? - le reprochó Miranda.
- Ah, les dije que iba a comprar algo - respondió despreocupadamente -. Quería despedirme propiamente de vos, sin todo el ruido ni lo chicos en pedo y eso - Sonrió -. Dale, vamos al auto y te llevo.
Tenía una voz grave y masculina, y hablaba con tono amistoso, divertido.
- No, no. No te lo permito - le replicó Miranda -. Divertite con los chicos. Me voy porque tengo que estudiar, pero vos disfrutá de tu fista.
- Miranda - Gonzalo le puso ambas manos en los hombros y la miró a los ojos -, sos mi amiga y te quiero llevar a tu casa, ¿OK?
- OK - dijo Miranda con un suspiro de resignación.
Gonzalo le sonrió cariñosamente. A ella le costaba tanto sostenerle la mirada... Y él lo sabía.
Volvieron al edificio y entraron a la cochera. Era una de esas típicas cocheras oscuras, llenas de esquinas y recovecos, sonde cualquier ruido se agranda. Y húmeda, muy húmeda. A Miranda se le puso la piel de gallina.
- ¿Tenés frío? - preguntó Gonzalo sacándose la campera.
- Un poco - respondió ella sin dejar pasar ni uno de sus movimientos. Él se había sacado la campera negra y la había puesto sobre los hombros de Miranda, quedando así con una camisa negra y detalles rojos, de manga cortay con los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto parte de su escultural cuerpo.
Miranda no podía dejar de admirarlo. Y de desearlo con todas sus fuerzas. Recorrió con la mirada su mano de largos dedos apoyada en el techo del auto verde oscuro, cada uno de los botones de su camisa, hasta llegar con placer a los que estaban provocativamente desabrochados, su pecho blanco y liso, luego su cuello alto sus labios carnosos que se curvaban en una sonrisa divertida, su recta nariz, y por último sus ojos, clavados en los suyos.
La estaba mirando, viendo con diversión la satisfacción de Miranda al recorrer cada mínimo detalle de su cuerpo.
Fue como un llamado a la realidad. Avergonzada por haber sido descubierta, palmeó el auto y dijo:
- ¿Vamos?
CAPÍTULO 1
Ágil, una sombra femenina caminaba por una oscura y angosta calle. Al llegar a la esquina, una luz la alumbró. Era una joven alta y esbelta, de movimientos elegantes y agradables. Su pelo, marrón oscuro, caía como una cascada sobre sus hombros. Su vestimenta, un jean celeste y una remera ajustada de múltiples colores y formas, acentuaban su flaqueza y daba la impresión de ser pura brazos y piernas.
Caminaba despreocupada, protegiéndose del frío nocturno con sus brazos. Los recuerdos de aquella noche la divertían y se sonreía. Había sido una gran fiesta de despedida, pero eso también implicaba la tristeza propia de la separación.
Sacudió la cabeza bruscamente, como si quisiera que los tristes pensamientos resbalaran por su pelo y cayeran. Siguió caminando, ya sólo faltaban dos cuadras para llegar a la avenida, donde podría tomar un taxi.
- ¡Miranda!
Frenó cuando la voz gritó su nombre en medio del silencio de la noche. Ésa voz.
- ¡Miran, esperame!
Se oyeron pasos en la calle. Ella se volvió. Por la verdea desierta venía trotando un joven de unos 25 años, alto y delgado. Tenía el pelo marrón revuelto y despeinado. Cuando llegó a donde estaba Miranda, la luz lo descubrió por completo. Tenía ojos marrón claro, su sonrisa mostraba una ilera de dientes blancos y perfectos, y unos labios rojos y carnosos que los rodeaban. Su cara estaba cuidadosamente afeitada, pero aún así se veía un comienzo mínimo de barba. Pero ella sabía que iba a desaparecer.
- ¿Gonzalo? ¿Qué hacés aca? ¿Y los invitados? - le reprochó Miranda.
- Ah, les dije que iba a comprar algo - respondió despreocupadamente -. Quería despedirme propiamente de vos, sin todo el ruido ni lo chicos en pedo y eso - Sonrió -. Dale, vamos al auto y te llevo.
Tenía una voz grave y masculina, y hablaba con tono amistoso, divertido.
- No, no. No te lo permito - le replicó Miranda -. Divertite con los chicos. Me voy porque tengo que estudiar, pero vos disfrutá de tu fista.
- Miranda - Gonzalo le puso ambas manos en los hombros y la miró a los ojos -, sos mi amiga y te quiero llevar a tu casa, ¿OK?
- OK - dijo Miranda con un suspiro de resignación.
Gonzalo le sonrió cariñosamente. A ella le costaba tanto sostenerle la mirada... Y él lo sabía.
Volvieron al edificio y entraron a la cochera. Era una de esas típicas cocheras oscuras, llenas de esquinas y recovecos, sonde cualquier ruido se agranda. Y húmeda, muy húmeda. A Miranda se le puso la piel de gallina.
- ¿Tenés frío? - preguntó Gonzalo sacándose la campera.
- Un poco - respondió ella sin dejar pasar ni uno de sus movimientos. Él se había sacado la campera negra y la había puesto sobre los hombros de Miranda, quedando así con una camisa negra y detalles rojos, de manga cortay con los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto parte de su escultural cuerpo.
Miranda no podía dejar de admirarlo. Y de desearlo con todas sus fuerzas. Recorrió con la mirada su mano de largos dedos apoyada en el techo del auto verde oscuro, cada uno de los botones de su camisa, hasta llegar con placer a los que estaban provocativamente desabrochados, su pecho blanco y liso, luego su cuello alto sus labios carnosos que se curvaban en una sonrisa divertida, su recta nariz, y por último sus ojos, clavados en los suyos.
La estaba mirando, viendo con diversión la satisfacción de Miranda al recorrer cada mínimo detalle de su cuerpo.
Fue como un llamado a la realidad. Avergonzada por haber sido descubierta, palmeó el auto y dijo:
- ¿Vamos?
jueves, 29 de enero de 2009
Bueno, por el momento no sé muy bien qué voy a hacer con el blog. Pensaba usarlo, como tanta gente, para expresarme bajo un seudónimo.
Me llamo Miranda Escarlata, soy argentina, pero la edad y ese tipo de información, por el momento, no importan. Me describo como una apasionada de la música, pero también disfruto mucho leyendo novelas policiales.
Pienso ir publicando algunos escritos míos y algún que otro cuento corto.
Bueno, no sé qué más decir, espero que tenga, no éxito, pero sí aceptación.
Mmmm, quedó demasiado serio. Ya fue, si les gusta, bien, y si no, no jodan.
Me llamo Miranda Escarlata, soy argentina, pero la edad y ese tipo de información, por el momento, no importan. Me describo como una apasionada de la música, pero también disfruto mucho leyendo novelas policiales.
Pienso ir publicando algunos escritos míos y algún que otro cuento corto.
Bueno, no sé qué más decir, espero que tenga, no éxito, pero sí aceptación.
Mmmm, quedó demasiado serio. Ya fue, si les gusta, bien, y si no, no jodan.
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